Jugar en familia ayuda a construir una relación familiar sólida y duradera. El juego entre padres/madres e hijos/as, entre hermanos/as, entre abuelos/as y nietos/as ayuda a fortalecer la complicidad entre los miembros de la familia, abre vías de comunicación, permite exteriorizar las expresiones de afecto, deja aflorar las emociones de una forma natural y espontánea.
Según el Informe "Jugar en familia" de la Fundación Crecer Jugando, jugar comunica y transmite valores: Aprender a esperar, a resignarse, a tolerar, aprender a disfrutar con la ganancia del otro, a saber perder,...
Jugar no es acompañar a los niños/as, no es mirar como juegan, no es ayudar. Jugar exige algo más: implica diversión, disfrute, participación plena... Para los niños y las niñas el juego, más que una forma de evitar el aburrimiento, es una manera de expresarse. Compitiendo o colaborando, luchando o estableciendo reglas, los niños/as nos dicen mucho de lo que piensan y de cómo quieren relacionarse con los demás. Jugar con un niño/a es más relajante y divertido que ver la televisión. No es una actividad que requiera esfuerzo pero sí ganas.
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